El recorte de fondos para la cooperación de países europeos podría provocar más de 11,5 millones de muertes evitables hasta 2030
El Pais
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El sistema de cooperación al desarrollo vigente durante décadas se desmorona y Estados Unidos no es el único enterrador. El abrupto desmantelamiento de USAID, la agencia de cooperación del mayor donante del mundo, ha eclipsado recortes históricos en Europa, de fondos destinados al Sur Global que han pasado mucho más desapercibidos. Una nueva investigación del Instituto de salud ISGlobal cuantifica ahora en vidas perdidas el impacto de esa reducción histórica de fondos de Francia, Reino Unido y Alemania, los tres países que constituyen el pilar de la cooperación europea. El resultado de la “estampida de los grandes donantes” europeos es demoledor: 11,5 millones de muertes prevenibles de aquí a 2030, según sus cálculos. “El orden de magnitud es enorme y las consecuencias van a ser en cascada. Cuando una población pierde acceso a los servicios de salud, se ve afectada por la crisis climática y se ve obligada a desplazarse... las consecuencias podrían ser incluso más devastadoras”, explica Claudia García-Vaz, coordinadora de análisis políticos de ISGlobal y coautora del informe que El País publica en colaboración con The Guardian. El estudio de ISGlobal ha cuantificado las consecuencias de la retirada de fondos europeos en 128 países de ingresos bajos y medios, aplicando los parámetros de efectividad de la ayuda estudiados para el caso de USAID. Un estudio similar publicado en la revista The Lancet concluyó el año pasado que la disolución de USAID podría provocar 14 millones de muertes adicionales de aquí a 2030. En el caso europeo estudiado ahora, los recortes dejarían de evitar 5,1 millones de muertes adicionales en el caso británico, 2,9 millones en el alemán y 3,5 millones en el francés. García-Vaz advierte de que la investigación está en una fase temprana y que no es fácil conseguir evidencias, pero que la magnitud del desastre no deja lugar a dudas. “Sabemos que se van a perder muchas vidas. Es una situación urgente”, estima. Más allá de las proyecciones, las consecuencias hace meses que ya son reales en decenas de países, donde el campo se ha quedado sin matronas, tratamientos contra el VIH se han interrumpido y las raciones de los refugiados han tenido que reducirse. Un dato sirve para entender la gravedad del momento actual: 2025 es el año en el que la mortalidad infantil ha vuelto a crecer por primera vez en 25 años. El contador de impactos elaborado por la Universidad de Boston por ejemplo, contabilizó el año pasado 518.428 muertes de niños y 263.915 de adultos como consecuencia de la disminución de la ayuda estadounidense y calculó además el número global de nuevos casos de malaria registró un aumento de 10 millones. Los recortes históricos de los últimos meses han precipitado el desmoronamiento de un sistema, el de la cooperación al desarrollo, que arrastra desde hace tiempo una imperiosa necesidad de profunda reforma y sufre una hemorragia de credibilidad. Las críticas se acumulan contra un sistema que fomenta la dependencia de los países que reciben fondos, distorsiona las agendas del Sur Global impidiendo un desarrollo verdaderamente sostenible e inunda de burocracia a los receptores, además de adolecer de una verdadera rendición de cuentas. “Volver al modelo antiguo no es una opción”, sostiene García-Vaz. Mientras, las fuerzas populistas han sabido aprovechar y explotar esas carencias con maestría y a golpe de desinformación cubriendo con un manto de sospecha a las ONG y en general a la cooperación al desarrollo. Buena parte de los partidos tradicionales han cedido al empuje populista, temerosos de pérdidas electorales, sacrificando los presupuestos de cooperación. Los ciudadanos sin embargo, siguen mostrándose favorables en las encuestas al gasto en ayuda exterior. En total, en 2025 la cooperación destinada a los países en desarrollo descendió un 23,1% respecto al año anterior, según las últimas cifras publicadas por la OCDE. La suma de los recortes de los 17 grandes donantes asciende a 43.000 millones de dólares entre 2024 y 2026. En el caso de los europeos, buena parte de esos fondos se han redirigido a partidas militares en un contexto de creciente volatilidad global. España sin embargo, nada a contracorriente y no ha optado de momento por este tipo de recortes, sino que por el contrario ha aumentado su ayuda al desarrollo ―un 13% respecto al año anterior― y prevé que crezca hasta el 0,7% de su PIB de aquí a 2030. Es verdad, sin embargo, que España parte de una cifra mucho más baja que los casos estudiados, con un presupuesto destinado a cooperación que representa apenas el 0,27% del PIB. Junto a España, solo Dinamarca y las instituciones europeas planean aumentos, aunque modestos. Reino Unido, un país con una fuerte tradición de cooperación internacional y ayuda humanitaria es el caso más drástico. Londres se ha desmarcado de sus compromisos históricos al acometer el mayor recorte de fondos de los europeos y rebajar un total del 45% de su presupuesto en cooperación desde el año 2020, según los cálculos de IS Global y desviando buena parte de esos fondos a partidas militares. “Recortaremos nuestro gasto en ayuda al desarrollo, pasando del 0,5% del PNB actual al 0,3% en 2027, con el fin de financiar íntegramente el aumento de nuestra inversión en defensa”, anunció el primer ministro británico Keir Starmer el pasado septiembre. En 2027, el presupuesto de cooperación de Reino Unido rozará el 0,3% de su PIB, lo que supone la cifra más baja de los últimos 25 años. Además, un tercio de esa ayuda ni siquiera saldrá de las islas británicas porque está destinada a la acogida de refugiados dentro del Reino Unido. Los recortes coinciden además con un menor compromiso en organismos internacionales como Gavi, la alianza internacional por las vacunas. Esa reducción británica hará que 38 millones de niños dejen de ser vacunados en los próximos cinco años, según los cálculos del estudio. Le sigue Alemania, con un recorte del 37% desde 2023 y Francia con una bajada del 30%, desde 2022. Berlín, el gran donante mundial después de EE UU ha retrocedido una década. La ayuda ha caído del 0,82% del PIB en 2023 al 0,67% en 2024 y con una reducción prevista de hasta el 0,43% en 2029, alcanzando niveles de 2014. La partida de ayuda humanitaria ha quedado reducida en un 50%, lo que supone dejar a cuatro millones de personas sin asistencia alimentaria. “El sistema acumulaba verdaderas debilidades antes de ser atacado y este momento de crisis es a la vez una oportunidad para repensarlo”, reza el informe. Numerosos países africanos consideran también el momento actual como la oportunidad para romper de una vez por todas con la dependencia postcolonial de la que las nuevas generaciones reniegan con una fuerza cada vez mayor. “El antiguo modelo ya no sirve. África no puede seguir siendo un receptor pasivo de decisiones sobre su salud global”, sostuvo a finales de abril en una cumbre sanitaria africana Jean Kaseya, el director del Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades de África. “Damos la bienvenida a nuestros socios, pero en otras condiciones: no como donantes y recipientes, sino como iguales alineados con las prioridades africanas”, añadió. Pero a la vez, no está nada claro cómo esa renovada asertividad se va a traducir en términos de financiación de sectores estructurales como el de la salud. Y sobre todo, cómo hacer para evitar el reguero de muertes en este periodo de transición. En el Sur Global, los recortes coinciden con el aumento desorbitado de la deuda en decenas de países, lo que les obliga a cercenar aún más los servicios públicos para poder afrontar los pagos de la deuda. La tormenta que se avecina es perfecta. El Johns Hopkins Center for Humanitarian Health publicaba esta semana en Lancet un llamamiento en el que advertía de que “la gobernanza y la financiación están claramente politizadas, y la financiación de la ayuda humanitaria y la salud mundial se ven cada vez más condicionadas por las prioridades de seguridad nacional y política exterior, en lugar de por las necesidades humanitarias”. Según sus cálculos, los recortes en ayuda humanitaria dejarán sin asistencia al 64% de las personas que se prevé que la necesiten en 2026; lo que significa priorizar la supervivencia de 87 millones de personas frente a los 239 millones de personas necesitadas. Coincidieron los expertos del sector reunidos esta semana en Londres en la Global Partnership Conference en que la cuestión no es tanto la necesidad de una transición del antiguo modelo donante-receptor, sino quién la liderará y en qué condiciones. Si como se exige cada vez con mayor urgencia desde el Sur Global esta es la oportunidad para reducir drásticamente el papel de los intermediarios internacionales como las ONGs o la ONU y canalizar los fondos directamente a las organizaciones locales. O si por el contrario los recortes van a atrincherar a los donantes ensimismados en su supervivencia. EE UU, por ejemplo, ha reemplazado su cooperación a la salud global por contratos bilaterales y con una lógica transaccional y no de salud pública, por ejemplo con países africanos en los que se presta por ejemplo asistencia en salud a cambio de acceso a materias primas. Como escribía recientemente Jirair Ratevosian, ex miembro del programa de sida del Departamento de Estado de EE UU hasta 2023, la firma de acuerdos bilaterales plantea problemas desde una perspectiva epidemiológica porque por ejemplo en el caso del VIH, se financia a algunos de los países más afectados y a otros no, lo que dificulta alcanzar los objetivos globales de control de la enfermedad a largo plazo.
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