La UCI del Hospital San Agustín de Avilés mira al futuro: más espacio, atención más humana y seguimiento tras el alta
La Nueva España
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La Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) del Hospital Universitario San Agustín -en Avilés echó a andar en 1980, aunque no en la ubicación actual- ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. De una pequeña unidad con apenas media docena de camas y un modelo asistencial mucho más cerrado, ha pasado a convertirse en un servicio altamente especializado, con más técnicas, más profesionales y una filosofía centrada no solo en salvar vidas, sino también en acompañar al paciente y a sus familias durante todo el proceso. “Cuando empecé éramos dos enfermeras y dos TCAEs por equipo y teníamos abiertas seis o siete camas en una UVI mucho más pequeña”, recuerda Marta Nieto, supervisora de la UCI del Hospital Universitario San Agustín de Avilés. Hoy la unidad cuenta con once boxes abiertos, cinco enfermeras y dos técnicos por turno, además de un equipo médico que ha crecido desde los siete facultativos iniciales hasta los once actuales. La evolución no ha sido únicamente numérica. También ha cambiado la forma de entender los cuidados intensivos. Los profesionales recuerdan cómo eran aquellas primeras UVI “clásicas”, diseñadas como grandes salas comunes donde los familiares solo podían ver a los pacientes a través de una pequeña ventana y comunicarse mediante un teléfono instalado en el pasillo. “Aquello era el modelo de la época”, explica el jefe de la UCI, el intensivista Manuel Valledor, que lleva en el HUSA desde 1994. Ahora la situación es muy distinta. La unidad trabaja desde hace años en proyectos de humanización de la asistencia, con horarios de visita mucho más amplios y una participación creciente de las familias en el cuidado de los pacientes. En algunos casos incluso se valora ya el acompañamiento nocturno. El equipo mantiene reuniones periódicas para abordar cuestiones relacionadas con los cuidados al final de la vida, la prevención del delirio, la sedación, la comunicación con las familias o el bienestar emocional de los pacientes. “La idea de que aquí la gente viene siempre a morir no es verdad. Si supiéramos que un paciente viene a morir, no ingresaría en la UCI. El objetivo es que salga adelante”, subraya el especialista. La unidad atiende cada año entre 350 y 400 pacientes que permanecen ingresados más de 24 horas; el año pasado, en concreto, 376. A ellos se suma otro tanto de personas que pasan por la UCI durante menos tiempo para observación, técnicas específicas o atención coronaria aguda. En total los profesionales atendieron en 2025 a 739 personas. El perfil de los enfermos es muy variado, aunque existen limitaciones derivadas de la propia cartera de servicios del hospital. En San Agustín no se atiende patología neurocrítica ni cirugía cardíaca compleja, ya que estas especialidades requieren unidades de referencia con neurocirugía o cirugía torácica. Uno de los grandes retos de futuro pasa por desarrollar plenamente la llamada “UCI sin paredes” o “UCI extendida”, un sistema que permitiría detectar de forma precoz el deterioro clínico de pacientes ingresados en otras plantas antes de que su situación se agrave. “De manera informal ya se hace porque somos una unidad muy accesible para el resto del hospital, pero queremos implantar un sistema estructurado de detección precoz”, explica Valledor. Si hay una reivindicación compartida por todo el equipo es la necesidad de modernizar las instalaciones. Los profesionales consideran que el espacio actual ha quedado obsoleto para la medicina intensiva del siglo XXI. “Los boxes se quedan pequeños. Ahora hay muchísimo aparataje, ventiladores, máquinas de diálisis, bombas de medicación... y eso reduce incluso la seguridad”, señalan. La estructura de la unidad, diseñada en los años noventa, tampoco responde ya a los criterios actuales de bienestar del paciente. La falta de luz natural, la escasa visibilidad al exterior o la ausencia de recursos tecnológicos básicos forman parte de las carencias detectadas. “Hoy se valora mucho que el paciente pueda ver la calle, tener luz natural o incluso acceso a wifi o entretenimiento, especialmente en ingresos largos”, explican. Los profesionales ponen como ejemplo a pacientes que permanecen ingresados durante semanas o meses y que, pese a estar conscientes, apenas tienen posibilidades de distracción o comunicación. «La idea que se tiene de que la UCI es un sitio donde los enfermos siempre están dormidos, pues no es verdad», subraya Nieto. Junto a la reforma física, el servicio plantea nuevas necesidades asistenciales, como incorporar fisioterapeutas para reforzar la movilización precoz o contar con logopedas especializados en disfagia, una complicación frecuente en pacientes sometidos a ventilación mecánica prolongada. La reciente reorganización sanitaria y la integración del área de Jarrio también ha supuesto un incremento de presión asistencial para la UCI avilesina. Hasta ahora la unidad daba cobertura al antiguo Área III, pero la incorporación del Área I ampliará considerablemente la población de referencia. El Hospital de Jarrio carece de UCI. Mientras tanto, el servicio continúa creciendo y adaptándose a nuevas necesidades. Con una idea clara: la UCI ya no es solo el lugar donde se atiende al paciente más grave, sino también un espacio donde cada vez importa más cómo se cuida, cómo se acompaña y cómo será la vida después del alta. De ahí otro reto, para el que ya hay un estudio abierto: implantar una consulta para atender a los pacientes aún cuando la vida no depende directamente de medicina intensiva. «Hay enfermos que pasan por aquí por un proceso grave y a veces tienen secuelas que necesitan ser vigiladas y necesitan apoyo y tratamiento», apunta Valledor, que ahonda:«El estudio que estamos haciendo ahora pasa por tener una consulta que valore la situación global del paciente tras su paso por la UCI para dirigirlo o solicitar interconsultas en caso de necesidad». Otro caso de humanización en una medicina que va un paso más allá del los cuidados intensivos.
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