Maestro Diego Ventura
El Pais
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El uso del descabello en el quinto toro de la tarde impidió, posiblemente, que Diego Ventura paseara la segunda oreja y saliera por vigésima vez ―que se dice pronto― a hombros por la Puerta Grande de Las Ventas. Ciertamente, su actuación fue de maestro consumado del toreo a caballo. Ese toro evidenció desde su salida al ruedo que no tenía ganas de pelea, que prefería el campo y que lo dejaran tranquilo. De hecho, correteó a su aire por toda la plaza y barbeó las tablas sin sonrojo alguno en la búsqueda desesperada de una salida. Pero no solo no la encontró, sino que tenía a su lado a un catedrático dispuesto a enseñarle qué es lo que debe hacer un toro en situaciones como esta. Y la disertación de Ventura fue completa, espectacular, torera y preñada de buen oficio y elegancia. Primero, templó al toro a dos bandas, cosidos los pitones a la piel de Quirico; demostró su conocimiento a lomos de Lío para clavar banderillas al quiebro; volvió a calentar a los tendidos con Bronce, al que despojó de la cabezada y emocionó con más garapullos; pero un rejón de muerte en lo alto no fue suficiente, lo que le obligó a usar el descabello y alejó la posibilidad del segundo trofeo. No fue, claro está, una labor redonda, pero sí cuajada de madurez y personalidad de un torero a caballo en lo más alto de su ya larga carrera. A él le tocó en primer lugar el único toro verdaderamente manso del festejo, segundo, rajado y con querencia a tablas, con el que estuvo correcto. Cortó otro trofeo Andy Cartagena, que volvía a Las Ventas tras seis años de ausencia, y tuvo que esforzarse de verdad para conectar con los tendidos y convencerlos de que su entrega era merecedora de una oreja. Se mostró solvente ante el nobilísimo, alegre y pronto primer toro de la tarde, pero a toda su labor le faltó un punto de emoción, quizá porque su concepto del toreo a caballo está superado y suena un poco al pasado. Lo cierto es que mató bien y los tendidos prefirieron dejar el pañuelo en el bolsillo. Y en el cuarto, le ayudaron dos percances sin importancia, por fortuna. Primero, llamó la atención con un quiebro al revés con el caballo Copo de Nieve para poner banderillas al violín, una suerte tan espectacular como arriesgada, y el caballo sufrió una herida leve en la culata. Y Bandolero resbaló en la cara del toro y fue empitonado por el vientre, aunque no sufrió cornada. Lo cierto es que ambos percances contribuyeron a que se le premiara a pesar del pinchazo inicial. Y Hermoso de Mendoza continúa su progresión como torero a caballo, al hilo de una entrega desmedida y una encomiable búsqueda del triunfo. Esperó a sus dos toros en la puerta de chiqueros, se lució en su primero con un magnífico par de banderillas al quiebro a lomos de Ecuador, y mantuvo muy buen nivel ante el sexto, un toro mansón cuyo comportamiento fue de más a menos. Buena corrida de Ángel Sánchez, criada y seleccionada para colaborar con los caballeros, como todas las ganaderías destinadas para el rejoneo; toros bondadosos, con clase, de templada embestida, fieles colaboradores para el éxito de sus lidiadores. Por cierto, estos toreros a caballo no clavaron una sola vez al estribo, sino a la grupa, a toro pasado, se entiende, en el camino de huida, pero ese detalle, fundamental en otros tiempos, ya no se tiene en cuenta; precisamente por eso, los caballeros prefieren la comodidad al esfuerzo.
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