Soy casi nada
La Nueva España
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Los gallos sacuden las alas como los ángeles. Los gallos negros y blancos son religiosos, espirituales, forman el orden sacerdotal de los gallineros J. Bergamín Gutiérrez Yo soy la primera persona del singular de un pronombre personal, un tónico gramatical y simple, igual que mí y conmigo. Pecado de yoes, aunque venial, pues sé bien que no soy escritor ni catedrático, aunque pasé la vida entre bufetes y tarimas. Por eso, acaso, no tenga derecho, en mis artículos, a una nota a pie de página, para que los muchos que ignoran, sepan de mis sabidurías, como las saben de escritores y catedráticos, anotados a pie de página. Y ello para que se sepa, además, del tiempo que pierden escribiendo o explicando bagatelas, nada equiparables con las primorosas once bagatelas del despeinado Beethoven –todo es publicidad en la llamada postverdad en la que estamos, incluso los abrazos entre corleones para ser vistos en la televisión–. Resultó que Beethoven nunca opinó como mi amigo, el "coiffure" Ramiro. El músico despeinado siempre tuvo una buena imagen, aunque siempre fue un despeinado, lo que exige mucho pelo en lo más alto o copa, una zona propensa en varones a la caída prematura –los árboles, se dice, empiezan a secarse por la copa–. Y es que la pretensión de buena imagen, mi estimado Ramiro, el de las tres madres según le leí, sólo la tienen los que quieren engañar a los inocentes para estafarlos. Y "donde no hay publicidad resplandece la verdad", que leí en una tribuna dominical en este mismo periódico. Tengo pruebas de haber entrado en este mundo por la importante calle Campomanes de Oviedo –Beethoven entró por una de Bonn, Ramiro por una de Nembra (Aller) y Canteli por una de Teverga– y sin saber todavía por la que saldré, posiblemente por alguna de Gijón. Aquel alumbramiento, el mío, fue con comadrona, que era esposa de músico, y en un tiempo, después de la Guerra, de "mucha música", habiendo en el Ayuntamiento de Oviedo, entre otras bandas, la de música, que tocaba los domingos en El Bombé, después de la misa de mediodía (en lo más alto del kiosco musical vi pavos reales). En la Plaza de Riego, en Oviedo, hubo un café, llamado "Café Suizo", de decente fama, que tenía, no una banda, sino orquesta u orquestina con violines, violones, chelos, marujas y otras señoras, cantando coplas, cuplés y bailando tangos. Decían que la clientela ovetense bebía copitas de Anís del Mono y para los de más edad, delicados por ello, y que eran los más, servían jarabes. Resultó que una orden ministerial de entonces, de 7 de julio de 1939, declaró obligatorio "para los teatros, cines, cafés, restaurantes de primer orden, grandes hoteles y establecimientos similares de las poblaciones superiores a 50.000 habitantes, el uso de agrupaciones musicales". Esa misma norma había establecido que el himno nacional se interpretase por orquestas y no "por aparatos mecánicos". Y a propósito de músicas, me alegro por la elección de los nuevos adoptivos y preclaros de Oviedo y de Gijón; los de Oviedo con el consentimiento de Chanfalla, esponjado como un palomo, y los de Gijón con el consentimiento de la Chirinos, una "dark lady"; personajes ambos, masculino y femenino, claves del nuevo Retablo de las Maravillas, cuya lectura se aconseja. ¡Vivan Chirinos y Chanfalla! , escribió Cervantes. La entrega de los nuevos títulos de filiaciones será ocasión para que los de siempre aplaudan y aplaudan rabiosos a rabiar: siempre en las fotos los mismos, aplaudiendo y estirando puños que no centímetros de longitud o de altura. Que los hombres y mujeres necesitan honores es ya sabido por la investigación de los antropólogos sobre los monos macacos, pero es que algunos son insaciables. Y, por acumulación de honores y filiaciones, ya dan risa y son causa de cachondeos. Soy, sin ser fantasma, de palidez creciente entre blanco y gris, y de gusto por esqueletos, hasta arrastré cadenas por pasillos oscuros y de maderas crujientes en suelo resbaladizo por ceras y hules; cerca de donde Carmela Pérez Herrero, hermana del prestigioso cirujano Luis Pérez Herrero, en el piso primero del número 32 de Campomanes, pintaba entre saltos y alaridos de una juguetona mona africana y el sonoro "tictac" de reloj de pared, con caja de madera y pesas, con segundeiro y silenciador, obra de un cura reloxeiro, "o coñecido como o Cura de Ladrido", de la diócesis de Mondoñedo. Incluso, mirando por la galería de atrás, una vez creí ver en el jardincillo de don José del Rosal, monstruos como los de Bomarzo y una procesión como de fantasmas o almas del Purgatorio, con antorchas y gatos. Casi, en el frente, mirando a Campomanes, tenían domicilio los físicos Espurz, ecuánimes de juicio que no fantasmas, el dueño de "La Suiza", la de la calle Jesús, de mucha "delicatessen", y los Bances, recién llegados de arriba, de González Besada. De todos aquellos misterios y horrores nació mi afán a la escritura, pasándome lo contrario de lo que suele pasar a los escritores románticos, que, continuamente son visitados por las musas, de sonrosadas mejillas, repartiendo inspiraciones. Un escritor de verdad –dicen que extravagante por haber sido el único italiano que leyó "Os Lusíadas" de Luis de Camões en portugués– llamado Antonio Tabucchi, que nunca necesitó poner "escritor" al pie de sus textos, pues ya era conocido, horas antes de su muerte por infarto, le dijo a su traductor, Carlos Gumpert: "Evidentemente hay personas que son visitadas por voces, voces internas, que, por fortuna, no ocurre siempre, sólo de vez en cuando, pues si fuera siempre habría que encerrarlas en un sanatorio psiquiátrico". Y por no ser escritor al uso, por carecer de musas, también de musarañas, me consuelo por no estar en la lista enorme de los locos y las locas. Tampoco soy catedrático, pues la enseñanza me dejó de interesar. La que me gustaba era la cátedra de astrología, astronomía y de ciencias conexas con las estrellas, que en Salamanca fue catedrático don Diego de Torres Villarroel, el de los pronósticos y almanaques, que, en el "Cuarto trozo" de su "Vida", contó el duro examen de acceso, así como episodios de profesor entarimado: "Un salvaje ocioso, hombre de treinta años, cursante en Teología y en deshonestidades, me soltó una tarde un equívoco sucio, y la respuesta que llevó su atrevimiento fue tirarle a los hocicos un compás de bronce que tenía sobre el tablón de la cátedra, que pesaba tres o cuatro libras". En Oviedo era catedrático el matemático Santos, de melena alborotada como la de Schopenhauer. Y por mi lúgubre afición a los esqueletos, me interesó tanto José Bergamín Gutiérrez, llamado "un esqueleto vestido de paisano" y también "Vampiro de circo". Francisco Ayala, en el Bergamín esquinado, escribió: "Su vena de insensatez manaba de un fondo moral irreprochable". Es normal que, por esquelético, la obra aforística de Bergamín sea inmensa; un poco más que los "Parpadeos" de El Roto, a los que me referí en anterior artículo. Bergamín definió al aforismo como una dimensión figurativa del pensamiento, de ahí su aforismo: "Pensamiento, pienso, luego miento". Mas no sólo contó mentiras, también verdades republicanas, como la calificación de El Escorial, de "real pudridero de España" y el grito de "A Rey muerto ¡Vivan los gusanos!". Por flaco de cuerpo y gordo de alma, Bergamín quiso ser de pensamiento ardilla, siendo tal "el que sabe andarse por las ramas con seguridad, sin caerse", ágil, con intrepidez y con gracia, con el límite de que ese pensamiento no puede morderse la cola y nada tiene que ver con los gusanos y caracoles, de asquerosa babosería. Por flaco de cuerpo y gordo de alma, Bergamín fue el autor de "Las ideas liebres", que por correr y correr no deben encerrarse en la cabeza, sino salir de ella, fugitivas, pues la cabeza no es una madriguera. El colmo de los colmos, añado yo, es tener la cabeza amueblada, confundiéndola con una mueblería. Y por querer ser flaco de cuerpo y gordo de alma, a finales de los años ochenta del pasado siglo, en "La Hoja de Lunes de Gijón", bajo la batuta de Manuel Fernández y con el título de "La gaita caliente" y la firma de Nazario, empecé a escribir en breve, no siendo extraño que fuera sobre sábanas, que siempre me interesaron mucho, diciendo así uno de mis iniciales parrafinos: "Ahora resulta que la sabanona en la que siempre creímos –la de Turín– es falsa, y resulta que la sabanina en la que nunca creímos –la de Oviedo– es verdadera. Como sigamos así, en las únicas sábanas a creer serán las del Burrito Blanco o las Dalmases, que se lavan y lavan, y nunca se acaban".



