De Astarté a la Virgen del Rocío: vive la Blanca Paloma
La Razón
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La devoción a la Virgen del Rocío no vendría del Medievo. El culto a la Blanca Paloma puede hundir sus raíces en la diosa fenicia de la fertilidad mucho antes de que Alfonso X el Sabio pusiera la primera piedra de la ermita de Las Rocinas. La ciencia arqueológica, la mitología comparada y la etnografía confluyen en un territorio sagrado que lleva milenios convocando peregrinos. La romería de la Virgen del Rocío es hija del tiempo. El fotograma de Alfonso X el Sabio en el origen del culto rociero es un verso suelo de un poema neolítico. El monarca castellano pudo ordenar construir la ermita de Santa María de las Rocinas hacia 1262, tras la conquista del Reino de Niebla, pero lo hizo sobre un territorio que ya era sagrado mucho antes de que existiera Castilla, antes de que existiera Roma, antes incluso de que los fenicios desembarcaran en las costas de la Andalucía occidental hace tres mil años. La pregunta no es quién fundó la devoción. La pregunta es por qué ese lugar concreto, en mitad de las marismas del Guadalquivir, sigue convocando a más de un millón de personas cada primavera. La sola presencia en ese lugar -quien lo probó, lo sabe- irradia una fuerza telúrica inexplicable que trasciende la fe. Las primeras referencias documentales del santuario aparecen en el siglo XIV, en un territorio que había sido incorporado a la Corona de Castilla tras la conquista impulsada por Alfonso X durante el siglo XIII. La zona de la marisma fue convertida entonces en cazadero real por la abundancia de fauna y por el valor estratégico del entorno natural. La constancia documental de la ermita mariana data desde 1309. La leyenda de la aparición de la imagen -el cazador o pastor que encuentra la talla entre las zarzas sobre el tronco de un árbol- no figura en los documentos medievales más antiguos. La primera narración escrita se encuentra en el libro de reglas de la Hermandad Matriz de Almonte del año 1758. Es decir, la historia oficial de la aparición se redactó cinco siglos después de que se pusiera la primera piedra del santuario. Los estudios sobre la talla original sitúan la creación de la imagen a finales del siglo XIII, una fecha incompatible con algunos relatos populares que aseguran que había sido escondida antes de la invasión musulmana del siglo VIII. Primero fueron las imágenes y luego la leyenda. Alfonso X habría instalado una imagen en un lugar que ya tenía una carga sagrada anterior. Se cristianizó un culto que ya existía. El sustrato fenicio: Astarté en las marismas La historia oficial cede el paso a una historia mucho más antigua. El siglo XI antes de Cristo llegaron a las costas de la Andalucía occidental los fenicios, quienes introdujeron el culto a la diosa Astarté, identificada con la Luna, la fecundidad, la guerra, la caza y la protección de los navegantes, y asociada al planeta Venus. Diferentes historiadores sitúan un templo a la diosa Astarté donde ahora se encuentra la Ermita de El Rocío, en Huelva, algo que no cuenta con confirmación arqueológica directa publicada en revistas científicas de referencia. Un artículo académico de Almagro-Gorbea, Ocharan Ibarra e Iborra Pellín, publicado en la revista Anas (2022), aporta andamiaje arqueológico para entender qué había en este territorio antes del cristianismo. Los investigadores documentan que la diosa Astarté, en lengua fenicia, era literalmente "el astro" por antonomasia, identificada con Venus. Sus santuarios en la Península Ibérica se orientaban astronómicamente hacia los ciclos de ese planeta y se vinculaban sistemáticamente al agua, a la fertilidad y a cuevas o enclaves naturales de doble apertura que el imaginario popular leía como los ojos de una divinidad. La hipótesis de que el enclave de Las Rocinas pudo albergar un culto fenicio previo encaja con la geografía sagrada que los investigadores trazan desde Sierra Morena hasta la desembocadura del Guadalquivir. De la Diosa Madre al manto de la Virgen del Rocío hay una cadena de 5.000 años. La investigación de Almagro-Gorbea y sus colaboradores traza una línea de continuidad religiosa que va del Neolítico al presente. La divinidad que ellos llaman "Diosa de los Ojos" o "Diosa-Lechuza" , asociada a la fecundidad, la muerte y la resurrección, es rastreable en la Península Ibérica desde el IV milenio antes de Cristo, a través de los llamados ídolos oculados del Calcolítico. Esa misma divinidad se identificó con la fenicia Astarté en la época orientalizante, con la céltica Ataecina en el Suroeste hispano y con la romana Proserpina. La continuidad culmina, según estos investigadores, en la Virgen María: la misma función, distintos nombres a lo largo de los siglos. Los mismos académicos establecen un paralelismo entre la Virgen del Rocío y los misterios de Eleusis. Las romerías de la Grecia antigua convocaban a los fieles en procesión hacia un lugar sagrado vinculado al agua, a la fertilidad y a la promesa de continuidad de la vida más allá de la muerte. El amanecer del lunes de Pentecostés en la aldea del Rocío, con la imagen saliendo entre la multitud enloquecida después de horas esperando en tensión el salto de la reja, evoca los misterios eleusinos. De la blanca paloma al astro de la mañana. Astarté se representaba como una paloma blanca. La Virgen del Rocío es conocida popularmente como la Blanca Paloma. En la iconografía fenicia, la diosa llevaba a los pies una media luna. La Virgen del Rocío se asienta también sobre una luna creciente. El planeta Venus, con el que Astarté se identificaba, es el "lucero del alba", la primera luz visible antes del amanecer. La Virgen María recibe en las letanías marianas el título de "Estrella de la Mañana", Stella Matutina. Son paralelos que el estudio de Almagro-Gorbea y otros documentan y que, en el caso del Rocío específicamente, llaman la atención por la acumulación de coincidencias simbólicas. La romería se celebra en la Pascua de Pentecostés, en plena primavera, cuando la naturaleza alcanza su máxima expresión de fertilidad. El mismo texto académico recoge que "los romeros atraviesan Doñana en plena época de celo, cuando la naturaleza se muestra más obscena", citando a Ortega. En las culturas que veneraron a Astarté y a sus predecesoras, las procesiones primaverales hacia el santuario de la diosa tenían exactamente esa función: celebrar la fertilidad de la tierra y propiciar la fecundidad humana. El fondo ha cambiado de nombre; el rito permanece. La aldea del Rocío se encuentra en un punto equidistante entre localidades de las tres provincias de Cádiz, Huelva y Sevilla. Este emplazamiento estratégico ha hecho pensar a los historiadores e investigadores del fenómeno rociero que la ubicación de su ermita pudo ser promovida con una finalidad evangelizadora, y más concretamente de cristianización del lugar, tras la reconquista de estos territorios a la población islámica. Esto es lo que los propios investigadores de la devoción mariana reconocen: la ermita se colocó ahí para sustituir algo que ya estaba. Alfonso X poseía la piadosa costumbre de erigir templos dedicados a la Virgen María en los territorios reconquistados. La Reconquista fue también, y sobre todo, una operación de reemplazo cultural. El proceso no fue forzado ni instantáneo. El investigador José Antonio Gómez Marín lo describe en su trabajo "Vírgenes Onubenses": las creencias humanas no son infinitas, se reducen a un repertorio discreto de motivos que pasan de mano en mano, se mezclan entre sí y se reutilizan en contextos distintos. La Virgen del Rocío es, en este sentido, el último recipiente visible de una corriente espiritual que lleva fluyendo hacia las marismas del Guadalquivir desde que la memoria pierde su nombre. La hipótesis de un Rocío precristiano no pertenece únicamente al terreno de la leyenda popular. Investigadores y divulgadores de la historia de Tarteso llevan décadas señalando la singularidad simbólica del enclave de las marismas. La propia ubicación del santuario, aislado históricamente entre agua, arena y cotos de caza, encaja con los patrones de otros espacios sagrados vinculados al mundo mediterráneo antiguo. Sin embargo, la existencia concreta de un templo fenicio o tartésico en el lugar exacto de la actual ermita sigue sin estar confirmada arqueológicamente. Manuel Zurita Chacón, catedrático emérito de Lengua Española e historiador, recoge también las conexiones simbólicas entre divinidades femeninas como Astarté, Isis o Artemis y determinados elementos presentes en la tradición rociera: la luna, las aves, la fertilidad o las peregrinaciones colectivas. Quizá ahí resida precisamente la fuerza del Rocío: la mezcla de historia, fe, antropología y mito en un mismo paisaje. Más allá de documentos medievales, teorías tartésicas o paralelismos religiosos, pocas tradiciones europeas conservan una capacidad semejante para convertir un territorio entero en experiencia colectiva y emocional generación tras generación. Alfonso X el Sabio puso una fecha en un documento. La devoción arrancó antes, en un lugar concreto del paisaje donde la presencia de algo -quien estuvo, lo sabe- que trasciende la historia. Ese instinto, en Las Rocinas, lleva activo al menos tres mil años, que se sepa. Si bien la identificación directa del enclave de El Rocío con un templo fenicio a Astarté es una hipótesis historiográfica recurrente pero no confirmada mediante excavación arqueológica sistemática en ese emplazamiento concreto, los paralelismos simbólicos, rituales e iconográficos entre ambas tradiciones son objeto de investigación académica publicada y constituyen una base sólida para el análisis comparado. De Astarté a la Virgen del Rocío, vive la Blanca Paloma.
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